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Ormuz: el pasillo de agua por el que respira el mundo
Por el estrecho de Ormuz pasa una quinta parte del petróleo que consume el planeta. Qué es, por qué importa y por qué no hay plan B.
Esquema del estrecho: al norte, Irán; al sur, la península omaní de Musandam. Entre ambas, dos carriles de tráfico.
Texto de ejemplo para la maqueta. Sustitúyelo por tu propia pieza y revisa los datos antes de publicar.
Desde la cornisa de Mascate, a primera hora, el mar de Omán parece un estanque. Cuento los barcos fondeados en el horizonte y me salen catorce. Un pescador que remienda redes a mi lado me pregunta de dónde soy y, cuando le digo que he venido a escribir sobre Ormuz, se ríe: «Todo el mundo viene a escribir sobre Ormuz. Nadie viene a pescar».
Tiene razón. Este rincón del mapa es pequeño, pero de él depende que buena parte del planeta llene el depósito.
Un cuello de botella de 33 kilómetros
El estrecho de Ormuz une el golfo Pérsico con el golfo de Omán y, desde ahí, con el océano Índico. Al norte está Irán. Al sur, la península de Musandam, un exclave de Omán separado del resto del país por territorio de Emiratos. En su punto más angosto, las dos orillas están a unos 33 kilómetros.
Pero el espacio que de verdad cuenta es todavía más estrecho. Los grandes petroleros no pueden ir por cualquier sitio: navegan por dos carriles, uno de entrada y otro de salida, separados por una franja de seguridad. Todo el tráfico energético del Golfo pasa por ese embudo.
Lo que pasa por aquí
Por este pasillo sale el crudo de Arabia Saudí, Irak, Kuwait, Emiratos e Irán. Y también gas: según la Administración de Información Energética de Estados Unidos, alrededor de una quinta parte del comercio mundial de gas natural licuado atravesó el estrecho en 2024, sobre todo desde Catar.
La mayor parte de ese petróleo no va hacia Europa ni hacia Estados Unidos, sino hacia Asia: China, India, Japón y Corea del Sur son sus grandes compradores. Por eso una crisis en Ormuz no es un problema regional. Es un problema del precio del billete de avión en Madrid y de la factura de la luz en Tokio.
¿Y si se cierra?
Esta es la pregunta que vuelve cada vez que sube la tensión en la zona. La respuesta corta: no hay plan B a la altura.
Existen oleoductos que esquivan el estrecho. El más grande es el oleoducto Este-Oeste saudí, que cruza la península desde Abqaiq hasta Yanbu, en el mar Rojo, con capacidad nominal para 5 millones de barriles diarios. Emiratos tiene otro hasta Fujairah, ya en el golfo de Omán, de 1,8 millones. Irán construyó uno más pequeño hasta el puerto de Jask.
Sumando lo que esos tubos podrían mover de más en una emergencia, la EIA calcula unos 2,6 millones de barriles diarios. Frente a los 20 que cruzan Ormuz, es un parche.
El estrecho no se defiende con barcos. Se defiende con la certeza de que cerrarlo le costaría caro a todo el mundo, empezando por quien lo cierre.
La memoria del agua
No sería la primera vez que el estrecho se convierte en frente. Durante la guerra entre Irán e Irak, en los años ochenta, ambos países atacaron petroleros en lo que se llamó la «guerra de los petroleros». Las aseguradoras dispararon sus primas, las marinas extranjeras empezaron a escoltar convoyes y, en 1988, el Golfo vivió algunos de sus días más negros, incluido el derribo por error de un avión de pasajeros iraní por un buque estadounidense.
Aquella experiencia dejó una lección que sigue vigente: no hace falta cerrar el estrecho para provocar una crisis. Basta con que navegar por él deje de ser previsible.
Lo que me llevo
Opinión. Ormuz es el ejemplo perfecto de que la geografía no pasa de moda. Podemos hablar de transición energética, de cadenas de suministro digitales o de inteligencia artificial, pero una parte enorme de la economía mundial sigue dependiendo de que unos cuantos barcos crucen sin incidentes un canal de agua salada entre dos desiertos.
Al volver al hotel, el pescador ya se ha ido. Los catorce barcos siguen en el horizonte, esperando turno.