Crónicas Uzbekistán
Samarcanda, o el azul que no se gasta
Tres madrasas, un nieto de Tamerlán que contaba estrellas y un embajador castellano que llegó en 1404. Crónica desde el corazón de la Ruta de la Seda.
El Registán al caer la tarde, cuando los grupos se van y la plaza vuelve a ser de quien la camina.
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El taxista me deja en una esquina sin ceremonia, señala con la barbilla hacia una avenida de moreras y dice una sola palabra: Registán. Camino doscientos metros oyendo mis propios pasos. Y entonces la avenida se abre, y lo primero que siento no es asombro sino algo parecido al vértigo: tres fachadas enormes mirándose entre sí, y en medio, nada. Una plaza vacía a las siete de la tarde, con el cielo cambiando de color encima de las cúpulas.
Llevaba años viendo fotos de este sitio. Ninguna me había preparado para el azul.
La plaza que no es una plaza
Registán significa, más o menos, «lugar de arena». Fue mercado, fue patio de armas, fue el sitio donde se leían los decretos y se ejecutaba a los condenados. Hoy lo enmarcan tres madrasas —escuelas coránicas— levantadas a lo largo de más de dos siglos, como si tres generaciones de arquitectos se hubieran pasado la palabra.
La primera, a la izquierda, es la de Ulugh Beg, terminada hacia 1420. Enfrente, la de Sher-Dor, del siglo XVII, con dos tigres persiguiendo ciervos bajo un sol con cara humana: una herejía figurativa en pleno arte islámico que todavía hace sonreír a los guías. En el centro, cerrando el conjunto, Tilya-Kori, «la cubierta de oro», cuyo interior brilla tanto que cuesta creer que no sea un decorado.
Lo que impresiona no es el tamaño. Es que tres épocas distintas decidieran hablar el mismo idioma.
Me siento en el borde de la plaza. Un niño persigue a otro entre las columnas de luz que entran por los arcos. Una pareja de novios posa con una paciencia de piedra. Y yo pienso que este es el punto exacto donde la Ruta de la Seda dejaba de ser un mapa para convertirse en un lugar.
Un nieto que miraba las estrellas
La madrasa que más me retiene es la más antigua. La mandó construir Ulugh Beg, nieto de Tamerlán, el conquistador que convirtió Samarcanda en la capital de un imperio que iba de Anatolia a la India. El abuelo fue recordado por las pirámides de cráneos; el nieto, por un catálogo de estrellas.
A las afueras de la ciudad quedan los restos de su observatorio: una trinchera curva excavada en la colina, que era la base de un sextante gigantesco. Desde ahí, en la década de 1420, sus astrónomos midieron la posición de más de mil estrellas con una precisión que Europa tardaría generaciones en igualar. Ulugh Beg fue mejor astrónomo que gobernante: murió asesinado en 1449, y con él se apagó durante mucho tiempo la ciencia en la corte.
Bajo hasta la trinchera y me quedo un rato a la sombra. Hace un calor seco. Es difícil no pensar que, de todas las formas de poder que pasaron por aquí, la única que sigue sirviendo para algo es la de aquel hombre que miraba arriba.
Lo que vio un castellano en 1404
Hay un detalle que a cualquier viajero español debería emocionarle. En 1404 llegó a Samarcanda Ruy González de Clavijo, embajador de Enrique III de Castilla ante la corte de Tamerlán. Había salido del Puerto de Santa María más de un año antes. Cruzó el Mediterráneo, Constantinopla, el mar Negro y Persia, y escribió una de las primeras grandes crónicas de viaje en castellano: la Embajada a Tamorlán.
Clavijo describe jardines, banquetes interminables, tiendas de seda tan grandes como palacios y una ciudad en obras permanentes, porque Tamerlán mandaba derribar y levantar edificios a una velocidad que espantaba a sus propios arquitectos. Cuando él pasó por aquí, ninguna de estas tres madrasas existía todavía. Pero el impulso que las hizo posibles ya estaba en el aire.
Leo un fragmento en el móvil, sentado frente a Sher-Dor, y me doy cuenta de que estoy haciendo exactamente lo mismo que él: intentar contar a la gente de casa algo que no cabe en las palabras.
Antes de irme
La última tarde vuelvo al Registán cuando ya han encendido las luces. Las fachadas se vuelven doradas, después rosas, después de un azul tan oscuro que se confunde con el cielo. Los vendedores recogen. Un guarda me pide, sin mucho interés, que no me siente en los escalones.
Me llevo una idea sencilla: hay lugares que se visitan y lugares que te visitan a ti. Samarcanda es de los segundos. Uno llega pensando en Tamerlán y se va pensando en un astrónomo, en un embajador castellano y en un azul que, seis siglos después, sigue sin gastarse.
Viajé por mi cuenta y pagué todos los gastos. En el bloque «Cómo iría yo» tienes lo que llevé y lo que leí antes de ir.
La ruta
4 etapas, en orden. Pasa por encima de cada una para verla en el mapa.
- TaskentLlegada en avión y primer día de adaptación. Ver en OpenStreetMap: Taskent
- SamarcandaAlgo más de dos horas en el tren de alta velocidad Afrosiyob. Tres noches. Ver en OpenStreetMap: Samarcanda
- BujaráLa ciudad más viva para caminar sin rumbo. Dos noches. Ver en OpenStreetMap: Bujará
- JivaUna ciudad amurallada entera, de barro y azulejo, al borde del desierto. Ver en OpenStreetMap: Jiva
Cómo iría yo
Lo que llevo y lo que leo antes de ir. Algunos enlaces son de afiliado. Todo mi equipo, en Mi equipo de viaje.
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